“Me formé en los ochenta en el desprecio al conocimiento y llamando libertad creativa a la
exaltación del ego, como tantos otros. Años después comprendí que con esos dos apoyos era imposible
hacer Arte”. Con estas palabras contundentes sintetiza Alberto Donaire las razones que en los años
noventa le llevaron a modificar el rumbo de su trayectoria artística. A lo largo de éstos diez años
la pintura de este andaluz serio ha abordado sin complejos los géneros clásicos del retrato, el
bodegón y el paisaje, aportando una visión del todo personal, compleja y sobre todo auténtica. Su
técnica se basa en la utilización rigurosa de materiales de primera calidad que habitualmente
elabora él mismo, desde los lienzos de lino imprimados a la creta y los óleos a base de pigmentos
como el lapislázuli, la malaquita o el rojo de cochinilla amasados con resinas naturales y aceite de
lino espesado al sol, hasta los temples a partir de resinas vinílicas que utiliza en las grandes
pinturas murales. “La obra de arte, -dice-, ha de tener un valor intrínseco al producto mismo, y no
depender exclusivamente del valor fluctuante en el mercado de la firma de su autor”. Muchas horas de
trabajo a lo largo de meses, y a veces años, confieren a estos cuadros un peso propio y difícilmente
cuestionable, a salvo de modas y tendencias.